Chiapas

Chiapas uno de los estados con mayor riqueza natural, histórica y cultural en México. Los chiapanecos, son excelentes anfitriones. En algunos lugares el sincretismo religioso es omnipresente.

Los vestigios prehistóricos más antiguos de Chiapas son herramientas de piedra que datan de hace catorce mil años, encontradas en las zona de Teopisca – Aguacatenango. Hace unos siete mil años, ciertos grupos habitaron en cuevas como las de Ocozocoautla y Santa Marta. En el cañón del río La Venta se han encontrado pinturas rupestres.
De tiempos históricos, los vestigios más antiguos, de origen olmeca, pertenecen al Preclásico temprano (1200AC) se trata, principalmente, de sitios arqueológicos aún no abiertos al público. Pero quienes visiten Pijijiapan podrán ver – después de una corta caminata- el Relieve de los Soldados, un monolito esculpido hace 3,200 años-Otros antiguos pobladores fueron grupos de la familia lingüística mixe-zoque.
En el Soconusco, Izapa fue una ciudad ocupada durante largo tiempo. El sitio, poco explorado, plantea la incógnita de la transición entre los antiguos zoques y los mayas que comenzaron a prosperar a partir del año 200. Una porción amplia del sitio está abierta al público.
Mayas y zoques vivieron su apogeo en la época clásica, del año 300 al 900 de nuestra era. Entre los años 600 y 800 se dio el auge de las grandes ciudades mayas de Chiapas en las tierras bajas del Usumacinta, como Palenque, Toniná, Yaxchilán y Bonampak. También de algunas menos influyentes, en las tierras altas como Chinkultic, Tenam Puente y Lagartero. La mayoría de estas ciudades entraron en rápida decadencia al comenzar el siglo IX y, a mediados del siglo X, todas eran urbes abandonadas en un entorno en el que proliferaban pequeños asentamientos que ya no poseían un sistema de escritura. Con el paso del tiempo, la etnia de los Chiapa, de origen nahua, se convirtió en la predominante.

Conquista.
Los conquistadores españoles llegaron a Chiapas en 1524, con la pretensión de colonizar según un reparto de tierras que iba desde Coatzacoalcos (hoy en Veracruz) hasta Copanaguastla. Al año siguiente, Pedro de Alvarado pasó por el Soconusco en su campaña hacia Guatemala. Los indígenas no se avinieron pacíficamente a la presencia de los españoles, y en 1524 y 1526 éstos emprendieron sendas expediciones hacia tierras altas con el propósito de someter a los Chiapa. Durante la segunda, al mando de Diego de Mazariegos, un aguerrido grupo de indígenas Chiapa eligió la muerte antes que someterse a los españoles, arrojándose al cañón del Sumidero desde el peñón del Tepetchía, según la tradición. Mazariegos desmanteló un asentamiento español de breve vida, San Bartolomé de los Llanos, cerca de la actual Comitán y trasladó a sus vecinos a la Villa Real, actual San Cristóbal de Las Casas. Ahí se estableció el primer ayuntamiento, cuerpo de gobierno local que jugó un papel decisivo en la historia chiapaneca.
Capitanía General de Guatemala.

El gobierno de los que hoy es territorio chiapaneco inicialmente quedó a cargo de las autoridades de la Nueva España radicadas en la ciudad de México. Sin embargo, desde España se decidió, en 1530, que Chiapa (las tierras altas, la selva y el valle del Grijalva) quedara a cargo de la Capitanía General de Guatemala, dependiente del Virrey de Nueva España. Hubo un gobierno local entre 1540 y 1544, pero Chiapa volvió luego a la jurisdicción de la Capitanía de Yucatán hasta 1790. Ese año se estableció su Intendencia, que también abarcó el Soconusco.

La historia eclesiástica también tuvo tropiezos. En 1539 se erigió la diócesis de Chiapas, pero el primer obispo falleció y en 1544 se consagró, en Sevilla, al sucesor: el dominico Fray Bartolomé de Las Casas. Este personaje, a la sazón ya de 70 años, había sido testigo de los estragos causados en las Antillas por la presencia europea. Bajo su influencia, en 1542 el emperador Carlos V promulgó las Nueve Leyes, que gradualmente suprimiría la encomienda, institución que Las Casas veía como causa primordial del abuso sobre los indígenas. En su diócesis de Ciudad Real no tardó en chocar con los encomenderos. Trasladó su sede a Chiapa de Corzo, pero dos años después, temiendo por su vida, volvió a España, donde murió a los 92 años. Las Casas favoreció a sus correligionarios dominicos, que desplazaron a los evangelizadores franciscanos y mercedarios, llegados antes. Indígenas y europeos no convivían en paz. Un enfrentamiento bien documentado ocurrió en 1692, cuando la población de Tuxtla mató al alcalde mayor, venido de San Cristóbal. Pero la secuela represiva superó con creces el motín que la causó. En 1712, los tzeltales también se rebelaron, esta vez por los excesos del franciscano Fray Juan Bautista Álvarez.
Tampoco cejaron los esfuerzos por incorporar a los lacandones al modo de vida europeo. Uno de los últimos intentos, la fundación de un poblado lacandón, impulsada por el cura José Manuel Calderón, de Palenque, tuvo un resultado efímero: los lacandones abandonaron el pueblo y regresaron a la selva.

Independencia.
La lejanía de Chiapas de los centros de poder mantuvo su territorio al margen de la guerra de independencia. En 1813, año del único combate local entre insurgentes y realistas, el diputado por Chiapas ante las Cortes de Cádiz propuso varias medidas para estimular la economía regional, de las que surgió la autorización para comerciar por mar desde puertos chiapanecos. Pero el 28 de agosto de 1821, al firmar el virrey O’Donojú el Acta de Independencia de México, las cosas cambiaron. El ayuntamiento de Comitán propuesto independizarse de España. Los de Chiapa, Tuxtla y Ciudad Real secundaron la propuesta y, unos meses después, el 8 de enero de 1822, en una reunión de notables, el gobernador español de Guatemala incitó a la incorporación de toda América Central al recién formado Imperio Mexicano, encabezado por Agustín de Iturbide.
Año y medio más tarde, al abdicar Iturbide, América Central se separó del imperio y, el 29 de julio, una junta provisional gubernativa declaró la independencia chiapaneca. El general Vicente Filisola, a la sazón en Chiapas con sus tropas, disolvió la junta y, en respuesta, el ayuntamiento comiteco promulgó el plan Chiapa Libre. Al año siguiente, al renovarse los cabildos, en Ciudad Real y Comitán ganaron los partidarios de agregarse a la federación mexicana, mediante plebiscito muy controvertido. El Soconusco declaró su incorporación a Guatemala, pero eventualmente quedó como territorio neutro, hasta su anexión a México en 1841.
El inicio de la vida independiente también confrontó a liberales y conservadores. En 1831, por ejemplo, se dio un primer traslado de la capital del estado, de San Cristóbal a Tuxtla, ante el disgusto por las medidas reformistas del gobernador.

Guerra de Reforma e intervención francesa.
México sufrió diez años de guerra prácticamente continua entre 1857 y 1867. Primero, la guerra entre conservadores y los liberales o Guerra de Reforma (diciembre de 1857 – enero de 1861) y, después, su consecuencia: la intervención francesa (1862 – 1867), promovida por los conservadores derrotados y por el alto clero.

En Chiapas, la guerra fue más larga: desde 1855 hasta 1870. Comenzó con el levantamiento del aduanero guatemalteco Juan Ortega, apoyado por contrabandistas y grupos separatistas de Comitán y por la propia Guatemala, que facilitó mercenarios. El levantamiento de Ortega, al principio sin ideología, viró en 1859 hacia el bando de los conservadores y estableció un supuesto gobierno que se caracterizó por incontables abusos. Fue momentáneamente detenido en 1860 mediante una acción militar del gobierno liberal. En 1863 se adhirió al Plan Yalmutz y, supuestamente, al imperio de Maximiliano, impuesto por los franceses. Algunos historiadores opinan que las actividades de Ortega siempre tuvieron propósitos separatistas a favor de Guatemala o, en todo caso, del propio Ortega y sus patrocinadores. Fue derrotado, pero jamás capturado y durante largo tiempo merodeó por la frontera como un bandido. Por añadidura, después de la restauración, de la República en 19867, en Chiapas estalló la llamada Guerra de Castas (1867 – 1870), una rebelión de indígenas, principalmente tzeltales, que tuvo perfiles muy sangrientos.
En museos y otros recintos de San Cristóbal de Las Casas, Chiapa de Corzo y, especialmente, de Comitán, se conservan documentos y otras evidencias de ese azaroso periodo de la historia de Chiapas.

Porfiriato y Revolución.
Porfirio Díaz Mori (1830 – 1915), oriundo de Tuxtepec, Oaxaca, es probablemente la figura más controvertida de la historia moderna de México. Liberal, héroe de la Reforma, héroe de la República en su lucha contra los franceses y, en 1871, insurrecto a favor de la democracia: “Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder, y ésta será la última revolución…”, expuso en su Plan de la Noria, inconforme por la reelección del presidente Benito Juárez. En 1876 se levantó en armas y al año siguiente se convirtió en presidente. Reelecto sin elecciones verdaderas o a través de interpósitas personas, Porfirio Díaz gobernó México hasta 1910. A ese lapso de 33 años se le conoce como Porfiriato, es decir, el de la dictadura de Porfirio Díaz.

En todo el país se observó progreso material. Se tendió la red ferroviaria y se rescató o renovó una porción importante de la enorme red de caminos heredada de tiempos coloniales. Energía eléctrica, teléfono, grandes obras urbanas…la modernidad llego al país con el apoyo de numerosas inversiones extranjeras atraídas por el gobierno de Díaz. Chiapas no fue la excepción: En Tuxtla se estableció la Escuela de Artes y Oficios; la ciudad se conectó con el ferrocarril del Istmo mediante un camino bien trazado y se construyó el primer gran puente colgante sobre el caudaloso río Grijalva.
En las inmediaciones de Tapachula, familias europeas, principalmente alemanas y suizas, establecieron, en mitad de lo agreste, grandes fincas en las que prosperó el cultivo del café, que habría de convertirse en un producto estratégico en la economía chiapaneca.

El precio de tal progreso fue elevado. El mismo hombre que en 1871 hablaba de democracia, en 1879, ante una rebelión que surgió en Veracruz, ordenó al gobernador de esa entidad, cuando éste le preguntó qué hacer con los prisioneros: “Mátalos en caliente”. Muchos disidentes murieron de esa manera durante la dictadura, hasta que Díaz tuvo que admitir que la suya no había sido “la última revolución”, cuando el país entero se levantó en armas en 1910. En 1911, Porfirio Díaz renunció a su cargo y se exilió voluntariamente. Murió en París en 1915. La paz duró dos años. En febrero de 19113, el militar Victoriano Huerta, con el apoyo del embajador de Estados Unidos, asesinó al presidente Madero y dio un golpe de Estado. Comenzó entonces a una larga guerra: primero, contra la nueva dictadura, que cayó en julio de 1914. Durante la dictadura huertista, el doctor Belisario Domínguez, oriundo de Comitán y senador de la República por el estado de Chiapas, publicó el texto de un discurso que no le permitieron pronunciar en la Cámara. La respuesta del dictador fue ordenar el asesinato del político, tras mutilarle la lengua. En la ciudad de Comitán está abierta al público la Casa Museo de ese prócer.

En 1914, Estados Unidos invadió México. Hubo combates en Veracruz y ese puerto fue ocupado por los marines durante algunos meses, hasta que se alcanzó una solución diplomática. Después, los revolucionarios se dividieron y comenzó la guerra civil dentro de la propia Revolución. Fue entonces cuando la conflagración alcanzó el territorio chiapaneco, con las luchas entre los caudillos Venustiano Carranza y Álvaro Obregón.
Viejas rivalidades renacieron, en 1924, Chiapas tuvo dos gobiernos, ninguno reconocido por la capital nacional. El reparto de tierras, asunto fundamental en el estado, se inició en 1928. Hasta el presente, la historia del reparto agrario en Chiapas es motivo de controversia.
La religión, otro problema nacional cuando la Revolución era joven, también desató problemas en Chiapas. La ley de cultos, aplicada con intolerancia, provocó nuevas rebeliones de los grupos indígenas tsotsiles y tseltales que, como puede entreverse en este resumen, realmente nunca han estado conformes con las imposiciones de los números intrusos que, con una bandera o con otra, los han despojado de un destino propio.

La riqueza turística del estado de Chiapas sólo puede calificarse de extraordinaria. Por ello, las autoridades estatales y federales no han escatimado esfuerzos en años recientes para dar a conocer, a nacionales y extranjeros, lo mucho que hay para ver en el estado y, a la vez, el valor de su enorme potencial turístico para el desarrollo de su población.

Chiapas, un destino para hacer turismo cultural Visitar Chiapas, estado con gran diversidad cultural, es un privilegio que responde a los sentidos más exquisitos del viajero curioso, aquél que gusta de asomarse a todos los matices que forman el alma y el corazón de los pueblos. Su riqueza y variedad se presentan de golpe, el presente y el pasado se funden y se esfuerzan por aclararnos los tiempos y espacios que en ellos ocuparon los diversos pueblos de la región chiapaneca. Sus progresos formativos fueron decisivos para el crecimiento y expansión de las civilizaciones más antiguas de Mesoamérica. Chiapas fue asiento de una época de florecimiento cultural maya, zoque y chiapaneca.

La población indígena de Chiapas es tan extensa como diversa. En el estado se hablan más de diez lenguas distintas. Destacan por el número de hablantes el tzeltal, el tzotzil, el chol, el tojolabal, el zoque y el mame. La cultura de Chiapas, además, enriquece constantemente su expresión debido al continuo tránsito y al contacto entre distintos grupos étnicos. Siempre fue una ruta natural de migraciones y por lo tanto de frecuente intercambio cultural y comercial. Las culturas europea, negra y asiática contribuyeron a la riqueza de Chiapas, a la extraordinaria capacidad creadora de cada uno de los pueblos chiapanecos.

Chiapas es tradición, danza y sobre todo música de marimba, instrumento símbolo de la identidad chiapaneca que lo vincula, aún más, a un encuentro cultural entre México y Centroamérica, con cuyo ámbito, Chiapas mantiene relaciones complejas y antiguas. Instrumento integrador porque su construcción reúne las tres fuentes de lo chiapaneco: las culturas originales así como las provenientes de Castilla y África.

Las innumerables ferias y fiestas que tradicionalmente se celebran cada semana del año, en diferentes poblados y ciudades, festejando por lo regular a su santo patrono, como san Sebastián Mártir, san Antonio Abad, san Caralampio, el Señor de Esquipulas o el de Tila; en algunos casos las celebraciones son muy sencillas, en otros tienen una tradición que se remonta a la época colonial o a las costumbres indígenas ancestrales, mientras otras tienen mezclas de celebraciones religiosas y profanas como los Parachicos de Chiapa de Corzo.

En las principales ciudades chiapanecas se celebran cada año festivales culturales artísticos, como el Festival Internacional de Marimbistas en Tuxtla Gutiérrez, el Festival Rosario Castellanos en Comitán, el Festival Cervantino Barroco en San Cristóbal de Las Casas y las diferentes ferias ganaderas y comerciales, entre las que sobresalen las de Tapachula y Tuxtla Gutiérrez. Las tradiciones festivas siguen un estricto calendario que cumple con rituales, comidas especiales, música, juego y danza. En el fondo, el ciclo festivo no deja de estar ligado a las tareas agrícolas y a muchos rituales prehispánicos y cristianos.

Las artes populares chiapanecas son de las más apreciadas en el país, pues evidencian la pluralidad cultural de nuestra gente. La elaboración de las artesanías no sólo responde a una necesidad de identidad, de uso, costumbre o situación geográfica, sino también expresa la habilidad creativa de los individuos y los contextos colectivos que conforman las expresiones culturales. Chiapas cuenta con un mosaico artesanal, con una variada gama de piezas que comprenden las más finas joyas en filigrana de oro, en ámbar, la ancestral cerámica, las tallas en madera, el bordado de seda, los preciosos trabajos de laca y algunos de los más bellos textiles y tejidos, entre otros, donde se conjuntan las raíces del México indígena, pero también las aportaciones de los siglos coloniales y republicanos. Artesanía, arte manual, objetos útiles y bellos elaborados desde lo más profundo del corazón de sus artistas populares, virtuosas tejedoras que, emulando a la diosa maya de la luna, han conservado orgullosamente la tradición de un oficio del que surgen vestidos y trajes cuyos significados son reflejos de su historia, de sus pueblos y de cosmovisiones particulares.

Estas cosmovisiones también se reflejan en las más sorprendentes zonas arqueológicas de la cultura maya, que tuvo su mayor auge en el periodo llamado Clásico de los años 300 a 900 d.C. La carretera de San Cristóbal a Palenque y la que se interna en la Selva Lacandona, recorren un escenario soberbio que permite descubrir no sólo el esplendor de los mayas, sino la grandeza cultural de los pueblos que descienden de ellos. Zonas arqueológicas como Palenque, Bonampak, Toniná, Yaxchilán, Tenam Puente y Chinkultic forman parte de uno de los más grandes capítulos de la exploración arqueológica en el país, y permiten conocer el gran legado histórico de la cultura maya, hasta la extraordinaria concepción de color, línea y monumentos escultóricos con inscripciones jeroglíficas.

Sorprendentes también son las rutas que Chiapas ofrece por sus monumentos coloniales y republicanos. Recorrido que inicia en la modernidad de Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado, para continuar por el mudéjar de Chiapa de Corzo, el barroco de San Cristóbal de Las Casas, el neoclásico de Comitán, el art déco de Tapachula, por mencionar algunos ejemplos.

Chiapas ha sido y es tierra de hombres y mujeres ilustres, grandes artistas, escritores, científicos y defensores de la patria, cuya sensibilidad e inteligencia nos demuestran la calidad, como Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Mariano N. Ruiz, Belisario Domínguez y muchos más. No son sólo los rituales o las fiestas, la tradición culinaria, los objetos artesanales, las ciudades y monumentos coloniales, las zonas y museos arqueológicos, su gente valiosa y creativa, sino la cotidianidad misma, las manifestaciones que día a día están presentes en la vida de un pueblo y que por ello, suelen pasar inadvertidas, pero no dejan de sorprender, afectar, conmover e intrigar, tejiendo un enmarañado nudo de atractivos para cualquier viajero.

La comida chiapaneca posee ciertos rasgos que la distinguen de otras comidas regionales en México; es producto de diversas y múltiples influencias económicas y culturales. Mosaico gastronómico compuesto por distintos universos donde cada pueblo, cada clima, cada historia, cada región le imprime características propias. Incluso hoy en día, entre más apartados estén los parajes y los poblados de las ciudades, preservan más su comida; por diversas razones siguen conservando sus viejos patrones alimenticios basados en las combinaciones de maíz, frijol negro y chiles verdes. El pozol viene del núcleo mismo de las culturas campesinas y su consumo se adopta como una bebida ritual, que confirma el ser chiapaneco. A los chiapanecos les gusta decir que el fuereño que bebe pozol “ya no puede dejar de regresar a Chiapas”, han “probado” la cultura. Las mezclas culinarias traspasan los espacios y los tiempos, dan identidad propia a los pueblos y permiten trascender en el tiempo.

Destinos turísticos

Algunos de nuestro lugares que puedes visitar